lunes, 3 de marzo de 2008

Breve relato sobre inmenso regalo… Y excesivamente larga p.d. a vendedor de compra frustrada de inmenso regalo de breve relato

Algunos, que solemos entretenernos con mundos fantásticos que merodean intermitentes en nuestra mente mientras el semáforo se encuentra en rojo, nos cuesta mucho entender, la existencia de esas ocasiones especiales que han proliferado en las últimas décadas, propias del consumismo y que se reproducen de una manera alarmante, que se olvidan sin reparos de la esencia de las mismas y pretenden que creyentes, agnósticos y ateos nos saludemos por la amistad a mitad del mes de febrero, o le llevemos algo más que una manzana rica roja reluciente, a nuestra querida profesora. Definitivamente para jalarse los pelos, sobre todo cuando esos algunos, nos rendimos por completo a la amistad durante cualquier abrazo o beso de un día de semana de cualquier mes menos amical. Pero ya involucrados en la presencia de las mismas, que suelen presentarse mensualmente como por arte de magia, nos encontramos en estas tiendas por departamento que exponen su rostro más desagradable en el rostro plástico de esa chica-niña-señora-avisodeneón-objeto, que me ofrece con su mejor sonrisa y con el mejor descuento sobre el menor precio y con puntos para un futuro canje, a comprar esas blusas, pareos, faldas, chompas, aretes, pantalones, maquillaje y un largo etcétera, de productos en serie que buscan eliminar lo especial del regalo. Que eliminan lo especial de la fecha, y la convierten en una fecha de correrías de último minuto e improvisadas. Sin duda un martirio para cualquiera. Ni qué decir de la incomodidad que genera la descomunal cantidad de gente que puede conglomerarse en el lugar, ni de lo difícil que es acertar en la talla (este punto se simplifica hasta hacerlo parecer una cosa de niños, cuando estoy acompañado de La Maga), ni de la posibilidad que a la persona no le guste y lo desee cambiar. Y sin embargo vamos y las compramos por inercia y con zapatos.


Aunque claro, uno no siempre es lo que es, y para ello existe el pasado (y también el futuro). Entonces recuerdo una de esas navidades, de esos años en los que caminaba más y manejaba menos, en las que mi hermana me llevó a buscar unos bongós para regalarme, y así poder vibrar con mi interpretación de Soul Sacrifice de Santana (vale la pena mencionar, que aún lo intento algunos fines de semana, con resultados de “canto de ducha”). Y así fue, que entre una de esas paralelas y transversales de Miraflores por la tarde del 24 de diciembre, los conseguimos y nos reímos sonriendo y el día era especial: el regalo era especial. Pero de regreso a casa, se dio uno de esos momentos que la memoria intercepta para hacerlo daguerrotipo y atesorarlo. El sol del verano que se inicia, se tornó naranja y el cielo tomó ese arrebol tan único como la poesía en las palabras de mi hermana, que se hicieron inmortales: “Hermano, te tengo otro regalo. Te regalo ese atardecer”. Sin duda un regalo único, de esos que vienen sin oferta y que una vez pregunté en una tienda si tenían uno, y el atribulado vendedor, de pin con nombre en mayúsculas, me dijo que no vendían porque no tenían papel para envolverlo.

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P.D. Especiales saludos al atribulado vendedor, de pin con nombre en mayúsculas, y renunciante en su momento, que hoy se dedica a la venta de películas pirata con éxito inusitado y es amante del filme noir, el spaghetti western y el gore europeo. Y que desde el presente año ha empezado a entregarme mis pedidos mensuales, envueltos en papel periódico chicha, y estrechando la mano al despedirse.